La fotógrafa y fundadora de SANA, Lucía Bawot pone el foco en la importancia de escuchar a las personas que hacen posible el café y de entender que su bienestar emocional y salud mental también forma parte de una industria más sostenible.

Cuando hablamos de sostenibilidad en el café, solemos pensar en el origen, las prácticas agrícolas, la biodiversidad o el comercio justo. Sin embargo, hay un aspecto que rara vez ocupa un lugar central en esa conversación: el bienestar emocional y la salud mental de las personas que hacen posible cada cosecha.

Lucía Bawot lleva más de una década recorriendo comunidades cafeteras, escuchando y documentando las historias de quienes viven del café. Autora de We Belong, un libro que da voz a mujeres caficultoras colombianas, descubrió durante ese proceso que muchas de las conversaciones que mantenía iban mucho más allá del café. Eran relatos de experiencias humanas, de fortaleza y, en muchas ocasiones, de necesidades emocionales que rara vez encontraban un espacio para ser escuchadas.

De esa experiencia nació SANA, una fundación que ejecuta programas integrales y virtuales enfocados en salud mental y bienestar para mujeres productoras de café en Colombia, convencida de que una industria verdaderamente sostenible también debe cuidar de las personas que la sostienen.

1. Antes de hablar de SANA, nos gustaría conocer un poco mejor a la persona que hay detrás del proyecto. Para quienes aún no conocen tu trayectoria, ¿quién es Lucía Bawot y cómo comenzó tu vínculo con el mundo del café y las comunidades productoras?

Soy una fotógrafa y videográfa documental, nacida y criada entre las montañas colombianas, las cuales han marcado mi forma de ver el mundo. Aunque hoy vivo en Estados Unidos y he pasado gran parte de mi vida fuera de Colombia, sigo encontrando refugio, inspiración y fortaleza en las historias de mi tierra, de mi familia y de mi infancia.

Mis raíces cafeteras vienen de mi familia materna, pero no fue hasta el 2013 cuando tuve la oportunidad de ir como voluntaria fotógrafa al evento Let ‘s Talk Coffee de Sustainable Harvest, que en ese año fue en El Salvador, cuando empecé mi propio viaje en esta industria. 

Desde ese momento y por una década, tuve el privilegio de trabajar con múltiples empresas americanas documentando sus programas de sostenibilidad, escuchando y dando a conocer las historias de más de 500 familias cafeteras en Centro y Sur América.  Este trabajo me ayudó a entender y transformar mi manera de entender el café. Luego, en el 2023, tuve la oportunidad de publicar de manera independiente, mi libro bilingüe Pertenecemos (We Belong): Una Antología de la Mujer Caficultora Colombiana, el cual me permitió construir un producto tangible con un enfoque más humano para dar a conocer 25 historias de mujeres caficultoras y recolectoras colombianas, más allá de su labor de producir café.

2. Después de escuchar durante meses a estas mujeres caficultoras para tu libro, sentiste que contar sus historias ya no era suficiente y decidiste crear SANA. ¿En qué momento comprendiste que debías pasar de documentar esa realidad a actuar sobre ella?

Sin duda, el momento de mayor claridad llegó apenas dos meses después de comenzar a recorrer Colombia para entrevistar y documentar a más de 60 caficultoras y recolectoras para Pertenecemos (We Belong). Había algo que se repetía constantemente al final de las conversaciones. Muchas mujeres me decían: “Nunca le había contado esto a nadie” o “Gracias por escucharme”.

Lo que empezó como una entrevista para un libro terminaba muchas veces convirtiéndose en una conversación profundamente personal, casi como una sesión de terapia. Las mujeres me hablaban de sus preocupaciones, de la carga que llevaban sobre sus hombros, de situaciones de violencia, de pérdidas, de estrés, de agotamiento y de cosas que habían guardado en silencio durante años. Como alguien que también ha vivido desafíos relacionados con la salud mental, entendí que detrás de cada historia había una necesidad mucho más profunda: la necesidad de ser escuchadas y acompañadas.

Ahí fue cuando me di cuenta de que documentar sus historias ya no era suficiente. Contar sus experiencias era importante, pero sentía que tenía una responsabilidad mayor con todas esas mujeres que me habían abierto las puertas de sus casas y de sus vidas. Me pregunté: ¿qué puedo hacer para que esta conversación no termine con la publicación de mi libro?

Esa pregunta fue la semilla de todo. Primero nació un programa piloto llamado Beans to Minds, financiado en parte con las ventas de We Belong y con donaciones. Los resultados fueron tan poderosos que entendí que esto tenía que continuar. Así nació SANA, con la convicción de que el bienestar emocional no debe ser un privilegio, sino una oportunidad al alcance de las mujeres que sostienen nuestras comunidades cafeteras.

3. ¿Qué es el programa SANA y qué necesidades busca cubrir en las comunidades cafeteras?

SANA es una fundación que ofrece programas integrales y mayoritariamente virtuales enfocados en salud mental y bienestar, pensados específicamente para mujeres caficultoras colombianas, con el fin de que ellas puedan vivir vidas más plenas y saludables.

Durante cinco meses, combinamos acompañamiento psicológico individual por medio de sesiones de teleorientación, educación virtual en salud mental a través de WhatsApp con píldoras de micro-aprendizaje y espacios de encuentro comunitario. Diseñamos cada componente para superar barreras como la distancia, la falta de tiempo, los costos de desplazamiento y el estigma que todavía existe alrededor de la salud mental.

Hay que tener en cuenta, que las mujeres realizan cerca del 70% de las labores en las fincas cafeteras y, sin embargo, gran parte de ese trabajo sigue siendo invisible o no remunerado. Además, enfrentan desafíos como la violencia basada en género, el acceso limitado a la propiedad de la tierra y la llamada triple carga: cuidar de sus familias, atender las labores del hogar y trabajar en la finca. Todo esto aumenta significativamente su riesgo de enfrentar problemas de salud mental, un 60% más que los hombres. Sin embargo, en América Latina menos del 2% de los presupuestos de salud se destinan a salud mental, y la mayoría de los profesionales están concentrados en las ciudades, lejos de las comunidades rurales donde más se necesitan.

Más allá de hablar de llegar a diagnosticar problemas en salud mental, lo que buscamos es que las mujeres tengan un espacio seguro para ser escuchadas y desarrollen herramientas para afrontar los desafíos de la vida cotidiana. Queremos ayudar a romper ciclos de silencio, fortalecer el bienestar emocional y fomentar la agencia y autonomía personal.

En el fondo, SANA existe porque la equidad en el sector cafetero también pasa por el bienestar emocional. Cuando una mujer tiene acceso a apoyo, herramientas y espacios seguros para cuidar de sí misma, puede fortalecer su bienestar, tomar decisiones con mayor confianza y convertirse en protagonista de su propio futuro. Nuestro objetivo es que las mujeres no solo prosperen como caficultoras, sino también como líderes y agentes de cambio en sus familias, sus fincas y sus comunidades.

4. Cuando hablamos de sostenibilidad en el café solemos pensar en cuestiones ambientales, económicas o de calidad. ¿Por qué crees que la salud mental también debería formar parte de esa conversación?

La realidad es que no podemos hablar de una industria sostenible si quienes la sostienen no cuentan con bienestar emocional ni con las herramientas necesarias para ejercer la agencia y autonomía que les permitan enfrentar los desafíos de sus vidas y de sus roles dentro de la sociedad. El estrés, la incertidumbre económica, los conflictos familiares, las experiencias traumáticas, los duelos, la falta de autoconfianza o las dificultades para comunicarse de manera asertiva influyen directamente en la capacidad de las personas para tomar decisiones, innovar, liderar y aportar lo mejor de sí mismas. Y, si lo pensamos bien, muchos de estos desafíos forman parte de la realidad cotidiana de las y los productores de café.

Por eso creemos que la salud mental debe ser una parte integral de la sostenibilidad del café. Una persona que se encuentra bien consigo misma, que cuenta con mayor conciencia emocional y que dispone de herramientas para afrontar las dificultades, tiene más posibilidades de desarrollarse plenamente, fortalecer a su familia y comunidad y contribuir activamente a una industria cafetera que se encuentra en constante transformación.

Además, existen evidencias que respaldan esta visión. El estudio Beyond Aid: New Evidence on Displacement, Self-Reliance, and Inclusive Policy encontró que los apoyos económicos mejoran de manera consistente la seguridad alimentaria y el consumo de los hogares, pero por sí solos no generan una recuperación económica sostenible a largo plazo. Los investigadores señalan que una de las principales barreras es psicológica y no únicamente la falta de recursos, información o conocimientos. De hecho, incluso intervenciones breves enfocadas en salud mental han demostrado reducir síntomas de depresión y ansiedad, mientras que las transferencias monetarias por sí solas no produjeron esos mismos resultados.

Mi trayectoria me ha enseñado que la vida —y la industria del café— está llena de matices. No todo es blanco o negro; las realidades humanas existen en un rango de grises que requieren escucha, empatía y apertura.

Lucía BawotFundadora de SANA

Esto tiene implicaciones importantes para el sector cafetero. Cuando una persona participa en programas de mejora de prácticas agrícolas, calidad del café o educación financiera con una mejor salud mental y mayores recursos psicológicos, aumenta su capacidad para aprovechar las oportunidades disponibles, invertir estratégicamente los recursos recibidos y generar mayores ingresos. La evidencia sugiere que la capacidad psicológica puede ser un factor determinante para transformar apoyos económicos en procesos reales de autosuficiencia y desarrollo sostenible.

Los principales marcos internacionales de desarrollo sostenible también reconocen la importancia de la salud mental como un componente fundamental del bienestar y del progreso social. Nuestro trabajo está alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, especialmente con el ODS 3.4, que promueve la salud mental y el bienestar; el ODS 5.B, que reconoce el papel de la tecnología como herramienta para el empoderamiento de las mujeres; y el ODS 10.2, que impulsa la inclusión y la participación social, económica y política de todas las personas.

Asimismo, estamos alineados con el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental 2013–2030 de la Organización Mundial de la Salud, que plantea la necesidad de construir un mundo donde la salud mental sea valorada, protegida y accesible para todos. En otras palabras, si queremos construir una industria cafetera verdaderamente sostenible, debemos reconocer que el bienestar emocional no es un tema secundario: es parte de la base que permite que las personas, las comunidades y los sistemas productivos prosperen a largo plazo.

5. Durante estos años escuchando a muchas mujeres productoras compartir sus experiencias, ¿qué aprendizajes te han dejado esas conversaciones y qué realidad crees que sigue siendo invisible para gran parte de la industria?

Creo que uno de los aprendizajes más grandes que me han dejado estas conversaciones es entender que muchas veces asumimos que las mujeres productoras necesitan que alguien llegue con las respuestas, cuando en realidad muchas de esas respuestas ya están dentro de ellas.

No es falta de información, ni falta de educación o capacidad. Las mujeres con las que trabajamos son profundamente reflexivas, inteligentes y tienen una enorme capacidad para comprender sus propias realidades. Lo que muchas veces falta no es conocimiento, sino espacios seguros donde puedan ser escuchadas, acompañadas y tener acceso a profesionales de alta calidad que les permitan ordenar sus pensamientos, fortalecer su confianza y tomar decisiones desde un lugar de mayor claridad.

Pero también creo que es importante no caer en otro extremo: no podemos poner sobre los hombros de las mujeres caficultoras la responsabilidad de transformar por sí solas el futuro de la industria. Es cierto que muchos estudios han demostrado que cuando las mujeres tienen acceso a recursos, suelen reinvertir significativamente en sus familias, la educación y sus comunidades; también sabemos que tienen un rol fundamental en la gestión de las fincas y las economías rurales. Pero eso no significa que todas deban asumir un rol de liderazgo, ni que ese liderazgo tenga que verse de una única manera. La decisión de liderar debe pertenecer a ellas, bajo sus propios términos y de acuerdo con sus propios sueños y prioridades.

Otro aprendizaje fundamental es que no podemos hablar de la industria del café únicamente desde el producto final. El café no existe separado de las personas que lo cultivan, lo transforman y lo sostienen. Es una industria profundamente humana y todavía tenemos mucho por aprender sobre las mujeres que hacen parte de ella: qué quieren, qué necesitan, qué desafíos enfrentan y cómo podemos construir soluciones junto a ellas, no para ellas.

Creo que una de las realidades que sigue siendo invisible para gran parte de la industria es precisamente esa: todavía conocemos muy poco a las personas detrás del café. Y si queremos construir una industria verdaderamente sostenible, necesitamos escuchar más, preguntar más y crear espacios donde las comunidades puedan ser protagonistas de las conversaciones sobre su propio futuro.

6. Desde que SANA comenzó a caminar, ¿ha habido algún momento, conversación o historia que te haya confirmado que el proyecto estaba marcando una diferencia real en la vida de las mujeres participantes?

Uffff… Creo que cada vez que termina un programa y tengo la oportunidad de sentarme a leer las encuestas post-programa, vuelvo a confirmar por qué SANA existe. Los datos nos muestran que sí hay una necesidad, que las mujeres sienten ese vacío, pero sobre todo que las herramientas que les ofrecemos pueden generar cambios reales en su vida cotidiana.

Más allá de los números, son sus propias palabras las que más me confirman que estamos marcando una diferencia. Escuchar a una mujer decir que ahora se siente más tranquila, que aprendió a tomarse tiempo para ella, que puede comunicarse mejor con su familia o que está logrando cosas que antes creía imposibles, es el recordatorio más poderoso de que la salud mental también transforma comunidades.

Algunas mujeres que terminaron el programa en 2025 nos compartieron:

«Me siento más tranquila, más liviana, mucho mejor. Con menos estrés porque me estoy dando más tiempo para mí misma. Ya saco mi tiempo para compartir con mis amigas. Tengo una mejor actitud con mi familia y me levanto más temprano.»

«Aprendí a tener más confianza en mí. Pude solucionar muchas situaciones con mi familia y específicamente con mi esposo. Antes decía que no podía y la gente me decía lo mismo. Y ahora las estoy logrando.»

Cada testimonio representa algo más profundo: una mujer que empieza a escucharse, a reconocerse, a poner límites, a pedir ayuda y a creer nuevamente en sus propias capacidades. Y eso, para mí, es la verdadera evidencia de que SANA está funcionando.

7. En muchas comunidades rurales hablar de salud mental sigue siendo un tema delicado. ¿Cómo habéis conseguido generar confianza para que las mujeres participen y hablen de ello con naturalidad?

Creo que hoy, más que nunca, es importante reconocer que muchas veces llegamos a las comunidades con ideas preconcebidas sobre lo que necesitan. Seguimos operando desde una especie de pirámide invisible donde, de manera muy sutil, asumimos que quienes vienen de afuera tienen más conocimiento o mejores respuestas que las propias comunidades. Y esa mirada puede reproducir formas de colonialismo, aunque nuestras intenciones sean buenas.

En SANA partimos de una premisa diferente: las mujeres con las que trabajamos son expertas en sus propias vidas. Ellas conocen sus realidades, sus desafíos y sus comunidades. Nuestro papel no es llegar a “salvar” ni a imponer soluciones, sino crear espacios seguros donde puedan reconocer sus propias capacidades y acceder a herramientas que les permitan navegar la vida con más claridad y bienestar.

Por eso, la confianza comienza antes de que una mujer entre al programa. Nos acercamos a través de aliados locales, lideresas, líderes comunitarios, asociaciones y cooperativas que ya tienen una relación construida con ellas. Les explicamos el programa desde la honestidad y la cercanía: no como un tratamiento porque algo está “mal” con ellas, sino como un espacio de aprendizaje, acompañamiento y autocuidado que todas las personas podemos necesitar en algún momento de la vida.

También hablamos de la salud mental desde experiencias humanas universales: el estrés, las emociones, los cambios, los miedos, las relaciones y los momentos difíciles que todos atravesamos. Esto ayuda a reducir el estigma y a entender que pedir apoyo no es una señal de debilidad, sino una herramienta para vivir mejor.

Los datos de nuestras encuestas post-programa reflejan que esa confianza existe. En 2026, el 39% de las mujeres nos dijeron que, cuando decidieron unirse, ya sabían que necesitaban un espacio como este; el 32% estaban atravesando una situación difícil y el 26% se acercaron simplemente por curiosidad o por querer vivir una nueva experiencia.

Para nosotros, ese último grupo también es muy importante: demuestra que la salud mental no debe abordarse únicamente desde la crisis, sino también desde la prevención, el crecimiento personal y el fortalecimiento del bienestar. La confianza se construye cuando las mujeres sienten que no estamos llegando a decirles qué hacer, sino a caminar junto a ellas.

8. A menudo hablamos de dar visibilidad al trabajo en origen, pero ¿qué significa realmente apoyar a las personas que producen café? ¿Crees que consumidores, tostadores y demás agentes de la cadena de valor pueden también desempeñar un papel en ese cambio?

Creo que apoyar a las personas que producen café va mucho más allá de darles visibilidad. La visibilidad es importante, pero no es suficiente si no viene acompañada de escucha, respeto y oportunidades reales.

Durante muchos años hemos hablado del café desde el producto: la calidad, los perfiles, los procesos. Pero detrás de cada taza hay personas, familias y comunidades con historias, conocimientos y sueños propios. Apoyar en origen significa reconocer que quienes producen café no son solo proveedores dentro de una cadena de valor; son protagonistas de una industria que existe gracias a ellos.

Pero esta industria nos pertenece a todos. No solo a quienes cultivan, compran o venden café, sino también a quienes lo consumimos todos los días. El cambio empieza con decisiones conscientes: preguntarnos qué café estamos comprando, qué empresas estamos apoyando y qué valores queremos impulsar con nuestro consumo.

9. Tu trayectoria te ha llevado de documentar historias a impulsar un proyecto con impacto social. ¿Cómo ha cambiado ese camino tu forma de entender el café?

Mi trayectoria me ha enseñado que la vida —y la industria del café— está llena de matices. No todo es blanco o negro; las realidades humanas existen en un rango de grises que requieren escucha, empatía y apertura.

He aprendido que no existe una única forma de generar cambios. Las transformaciones toman tiempo, evolucionan y requieren la capacidad de adaptarnos constantemente. Lo que funciona hoy puede necesitar cambiar mañana y ahí está el valor de la flexibilidad cognitiva: en nuestra capacidad de aprender, ajustar y construir soluciones sostenibles.

Hoy entiendo el café no solo como un producto, sino como un ecosistema humano. El futuro de esta industria depende de nuestra capacidad de escuchar mejor, comprender más profundamente y trabajar junto a las personas que la hacen posible.

10. Para terminar, nos gustaría seguir descubriendo voces que aportan una mirada diferente al café de especialidad. ¿Hay alguna persona o proyecto que consideres especialmente inspirador y que te gustaría recomendar para una próxima entrevista en XORXIOS®?

Sin duda recomendaría conocer el trabajo de Raise the Bar, una organización sin ánimo de lucro que está replanteando cómo entendemos el crecimiento profesional dentro del café de especialidad.

Me parece especialmente inspirador su enfoque porque ponen en el centro a las personas que sostienen la industria todos los días: baristas y profesionales del café en etapas tempranas de sus carreras. A través de programas accesibles y construidos desde la comunidad, trabajan para fortalecer habilidades, crear oportunidades y promover una industria más equitativa.

Creo que su mirada aporta una conversación muy necesaria sobre el futuro del café: no solo cómo hacemos mejor café, sino cómo construimos mejores condiciones para las personas que hacen posible esta industria.

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