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Lucía Bawot: una mirada más humana al mundo del café

By Impacto social

La fotógrafa y fundadora de SANA, Lucía Bawot pone el foco en la importancia de escuchar a las personas que hacen posible el café y de entender que su bienestar emocional y salud mental también forma parte de una industria más sostenible.

Cuando hablamos de sostenibilidad en el café, solemos pensar en el origen, las prácticas agrícolas, la biodiversidad o el comercio justo. Sin embargo, hay un aspecto que rara vez ocupa un lugar central en esa conversación: el bienestar emocional y la salud mental de las personas que hacen posible cada cosecha.

Lucía Bawot lleva más de una década recorriendo comunidades cafeteras, escuchando y documentando las historias de quienes viven del café. Autora de We Belong, un libro que da voz a mujeres caficultoras colombianas, descubrió durante ese proceso que muchas de las conversaciones que mantenía iban mucho más allá del café. Eran relatos de experiencias humanas, de fortaleza y, en muchas ocasiones, de necesidades emocionales que rara vez encontraban un espacio para ser escuchadas.

De esa experiencia nació SANA, una fundación que ejecuta programas integrales y virtuales enfocados en salud mental y bienestar para mujeres productoras de café en Colombia, convencida de que una industria verdaderamente sostenible también debe cuidar de las personas que la sostienen.

1. Antes de hablar de SANA, nos gustaría conocer un poco mejor a la persona que hay detrás del proyecto. Para quienes aún no conocen tu trayectoria, ¿quién es Lucía Bawot y cómo comenzó tu vínculo con el mundo del café y las comunidades productoras?

Soy una fotógrafa y videográfa documental, nacida y criada entre las montañas colombianas, las cuales han marcado mi forma de ver el mundo. Aunque hoy vivo en Estados Unidos y he pasado gran parte de mi vida fuera de Colombia, sigo encontrando refugio, inspiración y fortaleza en las historias de mi tierra, de mi familia y de mi infancia.

Mis raíces cafeteras vienen de mi familia materna, pero no fue hasta el 2013 cuando tuve la oportunidad de ir como voluntaria fotógrafa al evento Let ‘s Talk Coffee de Sustainable Harvest, que en ese año fue en El Salvador, cuando empecé mi propio viaje en esta industria. 

Desde ese momento y por una década, tuve el privilegio de trabajar con múltiples empresas americanas documentando sus programas de sostenibilidad, escuchando y dando a conocer las historias de más de 500 familias cafeteras en Centro y Sur América.  Este trabajo me ayudó a entender y transformar mi manera de entender el café. Luego, en el 2023, tuve la oportunidad de publicar de manera independiente, mi libro bilingüe Pertenecemos (We Belong): Una Antología de la Mujer Caficultora Colombiana, el cual me permitió construir un producto tangible con un enfoque más humano para dar a conocer 25 historias de mujeres caficultoras y recolectoras colombianas, más allá de su labor de producir café.

2. Después de escuchar durante meses a estas mujeres caficultoras para tu libro, sentiste que contar sus historias ya no era suficiente y decidiste crear SANA. ¿En qué momento comprendiste que debías pasar de documentar esa realidad a actuar sobre ella?

Sin duda, el momento de mayor claridad llegó apenas dos meses después de comenzar a recorrer Colombia para entrevistar y documentar a más de 60 caficultoras y recolectoras para Pertenecemos (We Belong). Había algo que se repetía constantemente al final de las conversaciones. Muchas mujeres me decían: “Nunca le había contado esto a nadie” o “Gracias por escucharme”.

Lo que empezó como una entrevista para un libro terminaba muchas veces convirtiéndose en una conversación profundamente personal, casi como una sesión de terapia. Las mujeres me hablaban de sus preocupaciones, de la carga que llevaban sobre sus hombros, de situaciones de violencia, de pérdidas, de estrés, de agotamiento y de cosas que habían guardado en silencio durante años. Como alguien que también ha vivido desafíos relacionados con la salud mental, entendí que detrás de cada historia había una necesidad mucho más profunda: la necesidad de ser escuchadas y acompañadas.

Ahí fue cuando me di cuenta de que documentar sus historias ya no era suficiente. Contar sus experiencias era importante, pero sentía que tenía una responsabilidad mayor con todas esas mujeres que me habían abierto las puertas de sus casas y de sus vidas. Me pregunté: ¿qué puedo hacer para que esta conversación no termine con la publicación de mi libro?

Esa pregunta fue la semilla de todo. Primero nació un programa piloto llamado Beans to Minds, financiado en parte con las ventas de We Belong y con donaciones. Los resultados fueron tan poderosos que entendí que esto tenía que continuar. Así nació SANA, con la convicción de que el bienestar emocional no debe ser un privilegio, sino una oportunidad al alcance de las mujeres que sostienen nuestras comunidades cafeteras.

3. ¿Qué es el programa SANA y qué necesidades busca cubrir en las comunidades cafeteras?

SANA es una fundación que ofrece programas integrales y mayoritariamente virtuales enfocados en salud mental y bienestar, pensados específicamente para mujeres caficultoras colombianas, con el fin de que ellas puedan vivir vidas más plenas y saludables.

Durante cinco meses, combinamos acompañamiento psicológico individual por medio de sesiones de teleorientación, educación virtual en salud mental a través de WhatsApp con píldoras de micro-aprendizaje y espacios de encuentro comunitario. Diseñamos cada componente para superar barreras como la distancia, la falta de tiempo, los costos de desplazamiento y el estigma que todavía existe alrededor de la salud mental.

Hay que tener en cuenta, que las mujeres realizan cerca del 70% de las labores en las fincas cafeteras y, sin embargo, gran parte de ese trabajo sigue siendo invisible o no remunerado. Además, enfrentan desafíos como la violencia basada en género, el acceso limitado a la propiedad de la tierra y la llamada triple carga: cuidar de sus familias, atender las labores del hogar y trabajar en la finca. Todo esto aumenta significativamente su riesgo de enfrentar problemas de salud mental, un 60% más que los hombres. Sin embargo, en América Latina menos del 2% de los presupuestos de salud se destinan a salud mental, y la mayoría de los profesionales están concentrados en las ciudades, lejos de las comunidades rurales donde más se necesitan.

Más allá de hablar de llegar a diagnosticar problemas en salud mental, lo que buscamos es que las mujeres tengan un espacio seguro para ser escuchadas y desarrollen herramientas para afrontar los desafíos de la vida cotidiana. Queremos ayudar a romper ciclos de silencio, fortalecer el bienestar emocional y fomentar la agencia y autonomía personal.

En el fondo, SANA existe porque la equidad en el sector cafetero también pasa por el bienestar emocional. Cuando una mujer tiene acceso a apoyo, herramientas y espacios seguros para cuidar de sí misma, puede fortalecer su bienestar, tomar decisiones con mayor confianza y convertirse en protagonista de su propio futuro. Nuestro objetivo es que las mujeres no solo prosperen como caficultoras, sino también como líderes y agentes de cambio en sus familias, sus fincas y sus comunidades.

4. Cuando hablamos de sostenibilidad en el café solemos pensar en cuestiones ambientales, económicas o de calidad. ¿Por qué crees que la salud mental también debería formar parte de esa conversación?

La realidad es que no podemos hablar de una industria sostenible si quienes la sostienen no cuentan con bienestar emocional ni con las herramientas necesarias para ejercer la agencia y autonomía que les permitan enfrentar los desafíos de sus vidas y de sus roles dentro de la sociedad. El estrés, la incertidumbre económica, los conflictos familiares, las experiencias traumáticas, los duelos, la falta de autoconfianza o las dificultades para comunicarse de manera asertiva influyen directamente en la capacidad de las personas para tomar decisiones, innovar, liderar y aportar lo mejor de sí mismas. Y, si lo pensamos bien, muchos de estos desafíos forman parte de la realidad cotidiana de las y los productores de café.

Por eso creemos que la salud mental debe ser una parte integral de la sostenibilidad del café. Una persona que se encuentra bien consigo misma, que cuenta con mayor conciencia emocional y que dispone de herramientas para afrontar las dificultades, tiene más posibilidades de desarrollarse plenamente, fortalecer a su familia y comunidad y contribuir activamente a una industria cafetera que se encuentra en constante transformación.

Además, existen evidencias que respaldan esta visión. El estudio Beyond Aid: New Evidence on Displacement, Self-Reliance, and Inclusive Policy encontró que los apoyos económicos mejoran de manera consistente la seguridad alimentaria y el consumo de los hogares, pero por sí solos no generan una recuperación económica sostenible a largo plazo. Los investigadores señalan que una de las principales barreras es psicológica y no únicamente la falta de recursos, información o conocimientos. De hecho, incluso intervenciones breves enfocadas en salud mental han demostrado reducir síntomas de depresión y ansiedad, mientras que las transferencias monetarias por sí solas no produjeron esos mismos resultados.

Mi trayectoria me ha enseñado que la vida —y la industria del café— está llena de matices. No todo es blanco o negro; las realidades humanas existen en un rango de grises que requieren escucha, empatía y apertura.

Lucía BawotFundadora de SANA

Esto tiene implicaciones importantes para el sector cafetero. Cuando una persona participa en programas de mejora de prácticas agrícolas, calidad del café o educación financiera con una mejor salud mental y mayores recursos psicológicos, aumenta su capacidad para aprovechar las oportunidades disponibles, invertir estratégicamente los recursos recibidos y generar mayores ingresos. La evidencia sugiere que la capacidad psicológica puede ser un factor determinante para transformar apoyos económicos en procesos reales de autosuficiencia y desarrollo sostenible.

Los principales marcos internacionales de desarrollo sostenible también reconocen la importancia de la salud mental como un componente fundamental del bienestar y del progreso social. Nuestro trabajo está alineado con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas, especialmente con el ODS 3.4, que promueve la salud mental y el bienestar; el ODS 5.B, que reconoce el papel de la tecnología como herramienta para el empoderamiento de las mujeres; y el ODS 10.2, que impulsa la inclusión y la participación social, económica y política de todas las personas.

Asimismo, estamos alineados con el Plan de Acción Integral sobre Salud Mental 2013–2030 de la Organización Mundial de la Salud, que plantea la necesidad de construir un mundo donde la salud mental sea valorada, protegida y accesible para todos. En otras palabras, si queremos construir una industria cafetera verdaderamente sostenible, debemos reconocer que el bienestar emocional no es un tema secundario: es parte de la base que permite que las personas, las comunidades y los sistemas productivos prosperen a largo plazo.

5. Durante estos años escuchando a muchas mujeres productoras compartir sus experiencias, ¿qué aprendizajes te han dejado esas conversaciones y qué realidad crees que sigue siendo invisible para gran parte de la industria?

Creo que uno de los aprendizajes más grandes que me han dejado estas conversaciones es entender que muchas veces asumimos que las mujeres productoras necesitan que alguien llegue con las respuestas, cuando en realidad muchas de esas respuestas ya están dentro de ellas.

No es falta de información, ni falta de educación o capacidad. Las mujeres con las que trabajamos son profundamente reflexivas, inteligentes y tienen una enorme capacidad para comprender sus propias realidades. Lo que muchas veces falta no es conocimiento, sino espacios seguros donde puedan ser escuchadas, acompañadas y tener acceso a profesionales de alta calidad que les permitan ordenar sus pensamientos, fortalecer su confianza y tomar decisiones desde un lugar de mayor claridad.

Pero también creo que es importante no caer en otro extremo: no podemos poner sobre los hombros de las mujeres caficultoras la responsabilidad de transformar por sí solas el futuro de la industria. Es cierto que muchos estudios han demostrado que cuando las mujeres tienen acceso a recursos, suelen reinvertir significativamente en sus familias, la educación y sus comunidades; también sabemos que tienen un rol fundamental en la gestión de las fincas y las economías rurales. Pero eso no significa que todas deban asumir un rol de liderazgo, ni que ese liderazgo tenga que verse de una única manera. La decisión de liderar debe pertenecer a ellas, bajo sus propios términos y de acuerdo con sus propios sueños y prioridades.

Otro aprendizaje fundamental es que no podemos hablar de la industria del café únicamente desde el producto final. El café no existe separado de las personas que lo cultivan, lo transforman y lo sostienen. Es una industria profundamente humana y todavía tenemos mucho por aprender sobre las mujeres que hacen parte de ella: qué quieren, qué necesitan, qué desafíos enfrentan y cómo podemos construir soluciones junto a ellas, no para ellas.

Creo que una de las realidades que sigue siendo invisible para gran parte de la industria es precisamente esa: todavía conocemos muy poco a las personas detrás del café. Y si queremos construir una industria verdaderamente sostenible, necesitamos escuchar más, preguntar más y crear espacios donde las comunidades puedan ser protagonistas de las conversaciones sobre su propio futuro.

6. Desde que SANA comenzó a caminar, ¿ha habido algún momento, conversación o historia que te haya confirmado que el proyecto estaba marcando una diferencia real en la vida de las mujeres participantes?

Uffff… Creo que cada vez que termina un programa y tengo la oportunidad de sentarme a leer las encuestas post-programa, vuelvo a confirmar por qué SANA existe. Los datos nos muestran que sí hay una necesidad, que las mujeres sienten ese vacío, pero sobre todo que las herramientas que les ofrecemos pueden generar cambios reales en su vida cotidiana.

Más allá de los números, son sus propias palabras las que más me confirman que estamos marcando una diferencia. Escuchar a una mujer decir que ahora se siente más tranquila, que aprendió a tomarse tiempo para ella, que puede comunicarse mejor con su familia o que está logrando cosas que antes creía imposibles, es el recordatorio más poderoso de que la salud mental también transforma comunidades.

Algunas mujeres que terminaron el programa en 2025 nos compartieron:

«Me siento más tranquila, más liviana, mucho mejor. Con menos estrés porque me estoy dando más tiempo para mí misma. Ya saco mi tiempo para compartir con mis amigas. Tengo una mejor actitud con mi familia y me levanto más temprano.»

«Aprendí a tener más confianza en mí. Pude solucionar muchas situaciones con mi familia y específicamente con mi esposo. Antes decía que no podía y la gente me decía lo mismo. Y ahora las estoy logrando.»

Cada testimonio representa algo más profundo: una mujer que empieza a escucharse, a reconocerse, a poner límites, a pedir ayuda y a creer nuevamente en sus propias capacidades. Y eso, para mí, es la verdadera evidencia de que SANA está funcionando.

7. En muchas comunidades rurales hablar de salud mental sigue siendo un tema delicado. ¿Cómo habéis conseguido generar confianza para que las mujeres participen y hablen de ello con naturalidad?

Creo que hoy, más que nunca, es importante reconocer que muchas veces llegamos a las comunidades con ideas preconcebidas sobre lo que necesitan. Seguimos operando desde una especie de pirámide invisible donde, de manera muy sutil, asumimos que quienes vienen de afuera tienen más conocimiento o mejores respuestas que las propias comunidades. Y esa mirada puede reproducir formas de colonialismo, aunque nuestras intenciones sean buenas.

En SANA partimos de una premisa diferente: las mujeres con las que trabajamos son expertas en sus propias vidas. Ellas conocen sus realidades, sus desafíos y sus comunidades. Nuestro papel no es llegar a “salvar” ni a imponer soluciones, sino crear espacios seguros donde puedan reconocer sus propias capacidades y acceder a herramientas que les permitan navegar la vida con más claridad y bienestar.

Por eso, la confianza comienza antes de que una mujer entre al programa. Nos acercamos a través de aliados locales, lideresas, líderes comunitarios, asociaciones y cooperativas que ya tienen una relación construida con ellas. Les explicamos el programa desde la honestidad y la cercanía: no como un tratamiento porque algo está “mal” con ellas, sino como un espacio de aprendizaje, acompañamiento y autocuidado que todas las personas podemos necesitar en algún momento de la vida.

También hablamos de la salud mental desde experiencias humanas universales: el estrés, las emociones, los cambios, los miedos, las relaciones y los momentos difíciles que todos atravesamos. Esto ayuda a reducir el estigma y a entender que pedir apoyo no es una señal de debilidad, sino una herramienta para vivir mejor.

Los datos de nuestras encuestas post-programa reflejan que esa confianza existe. En 2026, el 39% de las mujeres nos dijeron que, cuando decidieron unirse, ya sabían que necesitaban un espacio como este; el 32% estaban atravesando una situación difícil y el 26% se acercaron simplemente por curiosidad o por querer vivir una nueva experiencia.

Para nosotros, ese último grupo también es muy importante: demuestra que la salud mental no debe abordarse únicamente desde la crisis, sino también desde la prevención, el crecimiento personal y el fortalecimiento del bienestar. La confianza se construye cuando las mujeres sienten que no estamos llegando a decirles qué hacer, sino a caminar junto a ellas.

8. A menudo hablamos de dar visibilidad al trabajo en origen, pero ¿qué significa realmente apoyar a las personas que producen café? ¿Crees que consumidores, tostadores y demás agentes de la cadena de valor pueden también desempeñar un papel en ese cambio?

Creo que apoyar a las personas que producen café va mucho más allá de darles visibilidad. La visibilidad es importante, pero no es suficiente si no viene acompañada de escucha, respeto y oportunidades reales.

Durante muchos años hemos hablado del café desde el producto: la calidad, los perfiles, los procesos. Pero detrás de cada taza hay personas, familias y comunidades con historias, conocimientos y sueños propios. Apoyar en origen significa reconocer que quienes producen café no son solo proveedores dentro de una cadena de valor; son protagonistas de una industria que existe gracias a ellos.

Pero esta industria nos pertenece a todos. No solo a quienes cultivan, compran o venden café, sino también a quienes lo consumimos todos los días. El cambio empieza con decisiones conscientes: preguntarnos qué café estamos comprando, qué empresas estamos apoyando y qué valores queremos impulsar con nuestro consumo.

9. Tu trayectoria te ha llevado de documentar historias a impulsar un proyecto con impacto social. ¿Cómo ha cambiado ese camino tu forma de entender el café?

Mi trayectoria me ha enseñado que la vida —y la industria del café— está llena de matices. No todo es blanco o negro; las realidades humanas existen en un rango de grises que requieren escucha, empatía y apertura.

He aprendido que no existe una única forma de generar cambios. Las transformaciones toman tiempo, evolucionan y requieren la capacidad de adaptarnos constantemente. Lo que funciona hoy puede necesitar cambiar mañana y ahí está el valor de la flexibilidad cognitiva: en nuestra capacidad de aprender, ajustar y construir soluciones sostenibles.

Hoy entiendo el café no solo como un producto, sino como un ecosistema humano. El futuro de esta industria depende de nuestra capacidad de escuchar mejor, comprender más profundamente y trabajar junto a las personas que la hacen posible.

10. Para terminar, nos gustaría seguir descubriendo voces que aportan una mirada diferente al café de especialidad. ¿Hay alguna persona o proyecto que consideres especialmente inspirador y que te gustaría recomendar para una próxima entrevista en XORXIOS®?

Sin duda recomendaría conocer el trabajo de Raise the Bar, una organización sin ánimo de lucro que está replanteando cómo entendemos el crecimiento profesional dentro del café de especialidad.

Me parece especialmente inspirador su enfoque porque ponen en el centro a las personas que sostienen la industria todos los días: baristas y profesionales del café en etapas tempranas de sus carreras. A través de programas accesibles y construidos desde la comunidad, trabajan para fortalecer habilidades, crear oportunidades y promover una industria más equitativa.

Creo que su mirada aporta una conversación muy necesaria sobre el futuro del café: no solo cómo hacemos mejor café, sino cómo construimos mejores condiciones para las personas que hacen posible esta industria.

Diana Ayala Gómez: una voz que conecta continentes

By Impacto social

D iana Ayala ha convertido su pasión por el café en un puente entre continentes. Colombiana de origen y profesional del comercio internacional en Europa, compagina su labor en el Import Promotion Desk con la presidencia del capítulo español de la International Women’s Coffee Alliance (IWCA). Su carrera no solo refleja compromiso con la calidad del café de especialidad, sino también con la equidad de género y la profesionalización del sector.

¿Recuerdas tu primer vínculo consciente con el café? ¿Fue algo cultural, familiar, profesional… o una suma de todo ello?

Ha sido una suma de muchas cosas. Crecí en el Valle del Cauca, caminando por la finca que cada fin de semana visitaba con mis padres y comiendo cerezas de café maduras. Ese dulzor en boca es algo que no se olvida. Mi abuelo materno fue caficultor y, aunque dejó el campo, la pasión por el café permaneció en la familia. Mi vínculo más consciente surgió en 2013 cuando, ya como economista y negociadora internacional, trabajé con una organización del Cauca que representaba a 1.472 familias indígenas y buscaba exportar su café a Europa accediendo a relaciones comerciales más justas. Ahí comprendí que el café no era sólo un producto: era territorio, identidad, oportunidades y también responsabilidad.

Eres colombiana y hoy trabajas desde España. ¿Cómo ha influido tu identidad y tu origen en la forma en que entiendes esta industria?

Tengo la fortuna de haber aprendido del café directamente de quienes lo viven en cada eslabón de la cadena.

He catado cafés extraordinarios, pero también he aprendido sobre pasillas y cafés de segunda, recorriendo cafetales en países como Colombia, Brasil, Etiopía, Ecuador, Perú, India, México o Malasia entre otros.
Luego, trabajar desde Europa me permitió comprender el otro lado de la cadena: el consumo, el tostado, las tendencias y las exigencias del mercado.

Creo que hoy puedo moverme entre distintos “sombreros” de la industria con bastante naturalidad, lo que me ayuda a conectar con productores, tostadores, importadores o baristas desde la empatía y el entendimiento mutuo.

Actualmente compaginas tu presidencia en IWCA España con tu trabajo en el Import Promotion Desk. ¿En qué consiste exactamente tu labor dentro de esta organización y cómo se conecta con el sector del café?

En el Import Promotion Desk trabajo como consultora conectando productores de países como Etiopía, Tanzania, Indonesia, Perú, Ecuador y Colombia con importadores y tostadores europeos, acompañando a las empresas en su profesionalización y preparación para el mercado europeo.

Y hay algo muy especial en este trabajo: hace aproximadamente diez años yo misma fui beneficiaria de este programa de acompañamiento mientras desarrollaba mis primeros proyectos de exportación. Viví de cerca lo importante que puede ser contar con orientación, acceso a mercado y personas que crean en tu potencial cuando estás empezando. Por eso hoy me genera muchísima satisfacción poder aportar desde ambos lados de la experiencia.

A lo largo de tu carrera has trabajado en entornos internacionales donde las dinámicas de poder y género son muy visibles. ¿Cuáles son, en tu opinión, las principales barreras que siguen enfrentando las mujeres en el sector del café?

Desde IWCA siempre decimos que pensamos en global y actuamos en local, estamos presentes en más de 36 países, precisamente porque los retos que enfrentan las mujeres cambian muchísimo entre países productores y consumidores.

En origen, las barreras suelen ser más visibles: acceso limitado a tierra, financiación, educación, tecnología o puestos de liderazgo. Aunque las mujeres participan en gran parte de las labores productivas, muchas veces siguen siendo mano de obra invisible.

En mercados consumidores, las barreras pueden ser más sutiles, pero siguen existiendo: menor representación en espacios de toma de decisiones o dificultad para acceder a ciertos círculos profesionales.

Aun así, también he visto cambios muy esperanzadores en los últimos años. Cada vez más mujeres están heredando tierras, liderando empresas y ocupando espacios que antes parecían inaccesibles.

La International Women’s Coffee Alliance (IWCA) es una red global… ¿Cómo surge la idea de impulsar el capítulo de España? ¿Cuál es hoy la misión concreta de IWCA España?

IWCA España nació desde una necesidad muy real. Tanto Chantal, mi socia cofundadora, como yo sentíamos que hacía falta un espacio donde las mujeres de la industria pudieran encontrarse, apoyarse y crecer juntas.

Había referentes increíbles en España, pero también sentíamos que hacía falta ampliar la conversación y visibilizar más perfiles dentro de la cadena de valor.

La misión de IWCA España es conectar, capacitar y visibilizar a las mujeres dentro de toda la cadena de valor del café, apoyando su crecimiento profesional y fomentando un ecosistema más inclusivo y colaborativo dentro de la industria cafetera española.

¿Cómo puede IWCA España contribuir a estrechar la conexión entre mujeres productoras y el mercado europeo?

Siempre he dicho que ningún proyecto cafetero es verdaderamente sostenible si no existe comercialización. Muchos proyectos liderados por mujeres en origen tienen cafés extraordinarios, pero no siempre logran continuidad porque siguen enfrentando barreras de acceso al mercado.

Ahí es donde creo que IWCA España puede aportar muchísimo valor: ayudando a que la conversación entre oferta y demanda sea más directa y más consciente. Lo hacemos creando espacios donde las conexiones ocurran de forma natural: catas, webinars, networking, mentorías o encuentros entre productoras y profesionales del mercado europeo. Más allá de generar visibilidad, buscamos que existan relaciones reales y sostenibles en el tiempo.

¿Ves diferencias generacionales en la manera en que las mujeres se están incorporando al sector cafetero?

Sí. Las nuevas generaciones llegan con más confianza, formación y visión global. Cada vez hay más mujeres heredando tierras, liderando empresas o formándose en calidad. A nivel comunitario, muchas familias trabajan para que sus hijas no repitan modelos limitantes y cooperativas en países como Perú integran programas de género en sus estrategias. Esto está generando cambios estructurales y expectativas distintas para el futuro.

¿Cómo puede una empresa o persona colaborar de forma efectiva con IWCA España?

Al ser una asociación sin ánimo de lucro, una de las formas más directas de apoyarnos es asociándose y participando activamente en la comunidad. Pero hay muchísimas maneras de colaborar: creando alianzas, participando en actividades, impulsando espacios formativos, ofreciendo mentorías o ayudando a visibilizar el trabajo de mujeres dentro de la industria.

Mujeres y hombres son bienvenidos a unirse, porque al final, el impacto real no se construye de forma individual sino colectivamente y a largo plazo.

La sostenibilidad no puede construirse únicamente desde la exigencia. Tiene que existir corresponsabilidad, acompañamiento e inversión compartida a lo largo de toda la cadena.

Diana AyalaIWCA Spain

Desde tu experiencia, ¿qué diferencias observas entre el discurso europeo sobre sostenibilidad y la realidad que se vive en países productores?

En Europa hay intención política y normativa hacia la sostenibilidad pero muchas veces ese discurso está desconectado de la realidad operativa del productor. En origen la sostenibilidad no es sólo una certificación: es preguntarse si una familia puede vivir dignamente del café, si tiene acceso a financiación, educación, estabilidad comercial o incluso titularidad de la tierra. Exigir estándares altos sin acompañamiento significa cargar sobre productores que trabajan muchas veces en contextos vulnerables. La sostenibilidad no puede construirse únicamente desde la exigencia. Tiene que existir corresponsabilidad, acompañamiento e inversión compartida a lo largo de toda la cadena.

¿Crees que el consumidor está preparado para entender y valorar mejor el impacto social detrás del café que consume?

Sí, creo que cada vez existe más interés, especialmente dentro del café de especialidad. El consumidor quiere conocer el origen, entender quién produjo el café y saber qué impacto tiene lo que consume.

Uno de mis mentores en Tierradentro, Cauca, hablaba de la “trazabilidad con sentido humano”, y creo que esa idea resume muy bien hacia dónde se dirige la industria: no solo saber de dónde viene el café, sino también comprender las historias y las personas que existen detrás de cada taza.

¿Qué te gustaría que dijeran de tu aportación al sector dentro de unos años?

Más que pensar en cómo quisiera ser recordada dentro del sector, me gustaría que las personas que han compartido este camino conmigo se hayan sentido inspiradas, acompañadas o más seguras de lo que pueden llegar a construir.

Todo esto es apenas una semilla.

Vengo de un país productor y el café me enseñó que las cosas más valiosas requieren tiempo, constancia y cuidado. Mi carrera ha sido posible gracias a personas que confiaron en mí, que me abrieron puertas y me enseñaron generosamente. Hoy siento que parte de mi responsabilidad es devolver un poco de todo eso a la industria y ayudar a que otras mujeres también encuentren su espacio.

Por último, ¿nos puedes recomendar alguna persona, organización o proyecto que esté realizando una labor con impacto social en el sector y que consideres inspiradora para quienes trabajamos con café?

Hay muchísimos proyectos inspiradores liderados por mujeres y hombres dentro de la industria del café. Pero recientemente hay uno que me ha impactado profundamente: el trabajo de Lucía Bawot y su proyecto SANA.

Me parece muy valioso que esté poniendo sobre la mesa una conversación tan necesaria como la salud mental dentro de la industria cafetera. Muchas veces hablamos de sostenibilidad ambiental o económica, pero olvidamos el impacto emocional y humano que existe detrás del trabajo en café.

Y creo sinceramente que es una conversación que necesitamos tanto en países productores como consumidores.